Poco a poco sigo ampliando mi bagaje cinegético, acumulando experiencias en la caza grande que empiezan a engancharme tanto como esas otras exigentes jornadas becaderas acompañado de mis setters y aunque no era la primera vez que participaba en una batida de corzo, mi sensación era tan plena como la de cualquier debutante.

Pero es que además, como dice un buen amigo, estoy teniendo una suerte loca, pues cada uno de los puestos que me ha ido tocando en suertes, se ha convertido en una M30 cinegética…

Y claro, así cualquiera se engancha.
 

Batida de corzo entre encinas y hayedos

En esta ocasión la batida de corzo era en mi tierra, cerquita de casa, por lo que me ahorré un buen puñado de kilómetros, pero no los síntomas de una mañana fría como pocas, que en la quietud de un puesto sombrío, no hacía sino ampliar esa sensación de entumecimiento que me acompañó a lo largo de toda la jornada.

Pero al calor de la cuadrilla y de ese termo de café caliente que siempre me acompaña cuando salgo a por los bichos grandes, la caza se enfoca de otra manera.

Y lo que teníamos por delante era una espectacular batida de corzo, en un terreno que garantizaba una gran densidad, pues esta temporada, como en las anteriores, los precintos han sido muy escasos y su población ha crecido en exceso.

Batida de corzo | Batida de Caza Mayor | Cuaderno de Caza
 

Un precioso puesto para esta batida de corzo

Después de juntarnos y desayunar en el bar de la Sociedad, nos repartimos en los coches y con ellos nos dirigimos hacia nuestras respectivas posturas.

Amén de que soy un simple novel en estas lides, la mía me gustó nada más verla.

Un tiradero alto, largo y amplio, bastante despejado y con unas vistas espectaculares a la montaña, en mitad de una débil vaguada y con dos laderas en los flancos, una de ellas bastante pronunciada.

Un profundo hayedo a mi izquierda y unas pocas encinas salteadas a mi derecha.

Como antesala de lo que estaba por venir, nada más bajarme del coche y mientras sacaba la mochila y el rifle, me quedé embobado viendo como dos corzos ramoneaban tranquilos al pie de una encina.

¡Que bello animal!.

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Sin dilaciones, dio inicio la batida y con ella, los primeros lances.

El avistamiento de aquellos corzos propició que los monteros decidieran meter los perros desde mi postura, una iniciativa que podría haber alejado los bichos de mi punto de mira y llevado al traste las opciones de lance, pero «mi flor» seguía intacta, en pleno apogeo diría yo, tanto que no solo no los alejó, sino que permitió que uno de ellos se diese la vuelta y pasease una cuerna en ciernes a tan solo 50 metros collado arriba.

Esa cuerna, claro, le libró de un lance fatal, pues en esta ocasión, los precintos estaban destinados únicamente a las hembras.

Solo unos minutos después, una preciosa corza hacía acto de presencia en mi zona.

Bajaba despacio, pero sin pausa, desde las encinas de mi derecha en dirección al hayedo, pero todavía sin un disparo claro por la vegetación que se interponía entre ambos.

Alcanzó la vaguada que tenía enfrente de mí, pero seguía muy tapada entre varias matas de zarza, por lo que preferí contener mi instinto y esperar un disparo más factible.

Desde la lejanía entró un perro en escena que probablemente seguía su pista y nada más sentir su presencia, la corza apretó el paso buscando refugiarse entre la columna de hayas.

Mantuve fijo el punto de mira sobre ella, pues necesariamente debía cruzar la braña en su escapada y ese sería el momento idóneo para apretar el gatillo de mi Brno 30.06, sin embargo, apuró tanto la cobertura vegetal, que cuando quedó al descubierto, el disparo se antojaba en línea con el siguiente puesto y aunque era imperceptible desde mi ubicación y realmente estaba bastante lejos, preferí levantar el rifle y dejarla correr.

No tiene ningún sentido jugarse el más mínimo incidente por resolver un lance.

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Tantos disparos como errores, aquello parecía Beirut

Después de aquel encuentro mi zona pasó a lamentar una aparente calma, pero la percusión de la munición en el monte era tan recurrente como ensordecedora.

A tenor del ruido en mis alrededores, la batida de corzo estaba resultando muy prolífica, los lances se multiplicaban y aquello parecía una simulación de la ofensiva de Beirut.

Sin embargo, se ve que la puntería no acompañó en la misma medida y cuando nos juntamos de nuevo en el bar de la sociedad, la percha distaba mucho, muchísimo, de lo que en un principio se podía esperar.

Pero ya sabes que el fallo es un componente que siempre nos acompaña en cualquier jornada de caza y esta vez, también se esforzó en formar parte de la terna.

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Más lances y más corzos…

Sin razón aparente, el padecer calmado de mi puesto volvió a transformarse en viva emoción cuando me percaté de una corza que ascendía en silencio hasta el pie de las encinas que se levantaban a mi derecha.

Estaba algo lejos, por encima de los 80 metros quizás, pero cuando tienes la «flor» en auge no hay obstáculos insuperables, por lo que encaré, guardé un segundo de pausa, solté el aire contenido, quité el seguro, volví a fijar la vista a través de la óptica y percutí el gatillo.

¡Y cayó, vaya si cayó!… ¡Qué ilusión!.

Acostumbrado a la becada, el primer impulso fue salir corriendo a ver el animal, pero enseguida recordé lo nefasto que puede resultar abandonar el puesto, por lo que contuve mi ansiedad y me quedé quietecito donde estaba.

Eso si… Acompañado de una mueca feliz por el bonito lance que había logrado resolver.

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Y más corzos y más lances…

No cesaron ahí «las hostilidades», sino que aumentaron.

La emisora echaba humo con avisos de un corzo aquí, otro allá, uno que subía, otro que bajaba, Fidel estate atento, César que te va, ojo con el perro que se pasa…

Ni un segundo de descanso… ¡Qué pasada!.

Mientras, yo estaba en plena tensión, «quedándome ciego» de tanto buscar con la vista y atento a cualquier pequeño sonido que me anunciase la posición de una nueva presa, que por suerte, no tardó en dejarse ver.

Era otra hembra que venía apretada por los perros desde el centro de la vaguada hacia mí.

Fenomenal pensé y empecé a prepararme para lo que estaba por venir, pero en esas, cambió de dirección y optó por auparse al collado de la derecha.

Encaré y apunté, pero la veía muy lejos y prácticamente de culo, por lo que no terminé de decidirme y finalmente remontó la cima y se perdió.

Los más de 200 metros de distancia me hicieron dudar y me dirás… ¡Con un rifle es una longitud aceptable!.

Pues si, no te falta razón.

Si hubiese sabido que podía calibrar la mira telescópica, posiblemente habría disparado, pero caí en ello unos instantes después mientras trasteaba con el Brno.

Qué le vamos a hacer… Cosas de novato, ya sabes.

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La batida de corzo siguió su curso

De ahí en adelante hubo un poco de todo…

Casi una hora de «travesía en el desierto», un nuevo macho de corzo que me «enseñó» el culo antes de perderse hayedo arriba, nuevas detonaciones en los alrededores, numerosos avisos por radio…

Muchos alicientes en una batida de corzo emocionante y muy entretenida, que encontró su final hacia el mediodía.

Pero ojo, terminó la batida, que no la jornada, pues al llegar al bar de la Sociedad, nos esperaba una estupenda barbacoa que varios compañeros ya habían empezado a preparar.

Era el momento de seguir disfrutando, en este caso, alrededor de un mantel que emergería como digno confidente de las batallas vividas por cada uno de nosotros horas antes en el monte.

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Como siempre, del campo a la mesa

Tampoco finalizó la jornada al llegar a casa, pues era momento de pelar y aviar aquella preciosa corza, antes de ocupar un espacio en mi arcón, pero esto ya es harina de otro costal y contenido para un futuro post.

¡Un abrazo y al monte!
 
 
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