Cuando la caza vestía jersey de lana…

Todavía me acuerdo de aquellas historias de mi abuelo, buen lebaniego y esporádico cazador de venado y jabalí, que relataban lo poco que les hacía falta para, nada más terminar sus labores, coger la escopeta y echarse al monte.

De igual forma me parece estar viendo a mi tío, aficionado a la torcaz en tierras salmantinas, un hombre alto, fuerte y perfectamente reconocible con aquel sombrero verde de ala ancha y su característico bigote al estilo Sam Elliott en Tombstone.

Ambos representaban la caza social, la de más arraigo, la que unificaba afición y alimento, pues cuántas veces sirvió para llenar el arcón de carne y afrontar con garantías los más duros inviernos.

Aquella caza vestía jersey de lana y pantalón de pana, porque no había otra cosa.

Prendas habituales que daban servicio en el día a día y que a su vez soportaban la más exigente de las cacerías.

Quizás no había mucho más donde elegir, aunque tengo la firme convicción de que tampoco lo necesitaban…
 

Cuando la caza vestía jersey de lana …

Para ellos la caza era una mezcla de necesidad y evento social, que sin embargo vivían de la forma más natural, como una afición que respetaba sus más antiguos instintos.

La fatiga de la actividad diaria y del exigente trabajo físico nunca fue un problema para aprovechar las pocas horas libres que les quedaban y echarse al monte a cazar un jabalí o subir al puesto a esperar un bandito de palomas.

Dejaban el camión, su medio de vida y sin más pertrecho que su paralela y unos pocos cartuchos en la canana, disfrutaban de la caza sin alardes, aunque a menudo en el pueblo eran considerados héroes o como mínimo, vecinos respetados.

Con frecuencia me acuerdo de ellos y me pregunto qué pensarían su pudiesen verme en la actualidad…

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Cazaban con “lo puesto” y lo hacían tan bien o mejor que nosotros

En aquellos tiempos no disfrutaban de las ventajas que ofrecen esos rifles de largo alcance con espléndidos visores para abatir animales a un kilómetro y si los había, no era frecuente verlos por lo costoso que suponía adquirirlos.

Cazaban con paralelas, unas más trilladas que otras y con el único favor de su puntería, que generaba tantos réditos como el mejor de los Sauer en la actualidad.

Tampoco disponían de ropa transpirable, pantalones anti-espinos o innumerables modelos de botas con suelas vibram anti-deslizantes y cubiertas de goretex para impermeabilizar.

Servían las que llevasen puestas, a menudo las únicas que tenían, fuesen de goma o de cuero, pero en el monte rendían tanto como las nuestras, porque los pies que las calzaban estaban más que acostumbrados al castigo de los quehaceres diarios.

Y por supuesto, en el cuello de sus perros solo destacaba el pelaje que los cubría, pues aún no se habían inventado los collares de sonidos, ni los innovadores GPS para monitorizar sus movimientos.

Y el caso es que cazaban, vaya si lo hacían.

Esclavos de sus limitaciones, cazaban tanto o más que nosotros, de hecho, cuánto podrían enseñarnos…

Hoy la caza a cambiado mucho, hasta el punto de que si ambos viviesen, se les tornaría irreconocible.
 

La tecnología ocupa mucho espacio en el ejercicio cinegético actual

La caza actual poco tiene que ver con la de entonces, eso desde luego.

No sé si esto es bueno o malo, pero si tengo la sensación de que nos estamos esforzando en pervertir la verdadera esencia de la cultura cinegética.

Hoy nos movemos en buenos y caros vehículos 4×4 que nos permiten llegar a lo más recóndito del monte, utilizamos escopetas y rifles con todo tipo de adelantos vanguardistas que disimulan nuestra falta de precisión, compramos ropa especializada para cada tipo de modalidad cinegética que practicamos y aplicamos toda la tecnología que tenemos a nuestra disposición para seguir a nuestros perros.

Y sin embargo, ni me parece que cacemos más, ni tampoco creo que lo hagamos mejor que ellos.

En definitiva, es muy posible que estemos confundiendo el objetivo.

Y lo que es peor, a menudo valoramos la relevancia del cazador que tenemos enfrente en función de su apariencia y del coste invertido en todos esos periféricos que le acompañan, en lugar de hacerlo por su experiencia, su conocimiento y su ética en el monte y con la fauna.

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En el equilibrio está el sentido

Como en otros muchos aspectos de la vida, creo que en el equilibrio está el sentido correcto.

No estoy en contra de la innovación, como ya te he contado en otro post, soy un firme defensor del beeper para la caza de la becada.

Tampoco creo que todo tiempo pasado fuese mejor, pues tenemos nuestros talentos y ahora hay cosas que también hemos aprendido a hacer muy bien.

Solo pienso que en determinadas ocasiones confundimos la velocidad con el tocino y nos dejamos llevar por corrientes sociales que poco tienen que ver con la práctica cinegética.

Por eso, cuando recuerdo aquellos relatos de mi abuelo o echo la vista atrás para ver salir a mi tío en busca de las torcaces, tiendo a comparar épocas valorando aquellas cosas que quizás no deberíamos de haber perdido nunca.

¡Un abrazo y al monte!
 
 
 
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2 Comentarios
  1. Si tu amado abuelo y tu tío al igual que mi tio-abuelo Marcial nos viesen hoy día con escopetas semiautomáticas o corredera y rifles de cerrojo con teleobjetivo nos mandaban como poco a freír espárragos a la vía.
    Ellos eran CAZADORES de su tiempo, sin lujos y con todas las penurias de aquellos años que contribuían a hacer la caza más dura, queramos o no es uno de sus valores más significativos.
    La dureza nos hace más auténticos, más libres, más fuertes. Cualquier logro en la vida de un Hommo sapiens es más valorado si se consigue con dureza. Cualquier cosa adquiere más enjundia y valor si se consigue a través de «pasarlas canutas» y se aprende mucho más.
    Es algo implícito en el ser humano y mucho más en nosotros los últimos cazadores.

    1. El problema no está en algunas de las innovaciones propias de nuestro tiempo, es posible que ellos hubiesen agradecido según que cosas de haber tenido acceso a ellas.

      El problema está en que a menudo nos quedamos en eso, en el equipamiento moderno, perdiendo la pureza que conlleva la caza y por extensión, la verdadera esencia de la cultura cinegética.

      La innovación es sinónimo de comodidad y con frecuencia, el ser humano termina inclinándose ante esto último para facilitar la tarea, perdiendo de vista con ello otros aspectos esenciales.

      Un abrazo crack y muchas gracias por comentar!

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