Es inherente al ser humano la capacidad para ponderar sus habilidades o destacar sus triunfos y momentos de éxito, sin embargo, nos cuesta mucho más ser igual de transparentes a la hora de hablar de nuestros errores o de aquellas situaciones que no hemos logrado resolver satisfactoriamente.

Y en lo que afecta la caza, la perspectiva no es diferente.

Con frecuencia, llenamos nuestro timeline en redes sociales con imágenes, vídeos de capturas y lances memorables, pero pocas veces compartimos esos errores y fracasos que son casusa común en nuestras jornadas de caza.

Por eso hoy voy a hacer un ejercicio de realidad y te voy a contar varios de los muchos lances errados en la caza de becadas que me acompañan a lo largo de una temporada cinegética.
 

El sabor agridulce del error: Lances errados en la caza de becadas

Definitivamente, hay días que es mejor quedarse en casa.

Cuando no tienes la cabeza despejada o no estás concentrado en lo que tienes entre manos, lo normal es que el resultado sea negativo, como ocurrió en esta jornada dominical de hace un par de semanas.

El sábado anterior tuve un compromiso familiar y no pude subir al monte, por lo que las horas previas a la jornada de ese domingo estaban repletas de ganas e ilusión por acudir nuevamente al encuentro con las becadas.

Sobre las nueve de la mañana ya estaba en el monte acompañado, como siempre, de mis infatigables setters, Zar y Darko.

17 grados y una punta de viento sur que dejaba cierta sensación de calor no eran obstáculo para iniciar nuestros pasos con brío en busca del primer pájaro, que de paso, tampoco tardó en dejarse ver.

Lances errados en la caza de becadas | Cuaderno de Caza
 

Primeras muestras y lances

Los prados que anticipan el acceso al monte más cerrado del coto, normalmente son poco propicios para ver sordas.

Al atravesarlos, los perros siempre se afanan en revisar sus cabeceras, pero más por la explosión de adrenalina del inicio de la jornada, que por ser zonas de querencia.

No obstante y para nuestra sorpresa, esta vez si había una sorda refugiada entre las encinas bajas de una de esas cabeceras.

Y ahí estaban Zar y Darko para llegar a su altura y señalizarla con su muestra.

No esperó, tan solo dos golpes de beeper y salió como una exhalación para buscar alojamiento en una parte más alta, también poblada de encinas, a la que llamamos la “Finca de David”.

Allí fuimos en su busca, motivados por el pronto inicio de las hostilidades.

Y allí la encontró Darko, bastante emboscada entre ganzos.

Tampoco esta vez nos quiso dar opción, pero yo estaba cerca, pude encarar la Benelli y abatirla de un certero disparo entre la maleza.

Aquí me acompañó la suerte, pues perfectamente los perdigones se podían haber quedado estampados entre la nube de ramas, pero se ve que alguno tuvo el acierto de atravesarlos y alcanzar una zona vital del pájaro.

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Explosión de júbilo y motivación

La cobró Darko entre mis gritos de júbilo y después de su merecida felicitación, la guardé en el morral y seguimos nuestro camino.

Todavía sigo sintiendo la misma emoción cada vez que tengo una de esas bellas aves entre las manos, con independencia de lo bien o mal que haya transcurrido ese año o las que haya abatido en la propia jornada.

Disfruto cada uno de esos lances como si fuera el primero, con absoluto placer y siempre en compañía de mis setters, dejándolos portar su presa, sin prisas, pues como principales protagonistas en esta disciplina, son los primeros que se complacen por ver resuelto su esfuerzo de forma satisfactoria.

Es curioso además como las piernas cobran renovado brío a partir de ese momento, superan los obstáculos con mayor facilidad y ejecutan los recorridos por el monte con total sencillez.

Y eso hicimos, ponernos nuevamente en marcha, caminando en una nube que no tardó en hacernos descender, pues el éxito reciente se dio de bruces con uno de esos lances errados en la caza de becadas que comentaba al principio.

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El primero de esos lances errados en la caza de becadas

Subimos hasta el límite de la “Finca de David” y entre las muchas direcciones que podíamos tomar, los perros se inclinaron por descender entre unos helechos que desembocan en un gran hoyo de viejos hayas.

A mí me pareció bien y los seguí.

Al llegar abajo, en uno de los vértices del hoyo, donde se asienta un gran árbol caído, se abre un pequeño sendero entre espinos y maleza que conduce a otro pequeño encinar, rodeado de más helechos.

Por ahí entraron los perros para llegar a bloquear una nueva sorda.

La becada estaba en una zona razonablemente limpia, al pié de una joven encina, pero un muro de maleza me impedía llegar a su altura y decidí quedarme al otro lado, en estricto silencio, en la esperanza que al levantarse, decidiese hacerlo por la parte en la que yo estaba.

Casualidades del destino, tras varios minutos aguantando la muestra de los perros, se inclinó por salir volando en mi dirección, pasando solo unos metros por encima de mí.

Pero lo que parecía un nuevo éxito por la sencillez del disparo, se tornó en un grave error, con tres cartuchos al vacío y una sensación de lamento que logró entristecer el día.

¿Cómo pude fallar esa sorda?.

Pocos pájaros en mi coto te dan la opción de vaciar la escopeta y yo fallé en las tres opciones…

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El segundo de esos lances errados en la caza de becadas

Al salir tan limpia pude intuir la zona en la que había ido a posarse, por lo que abandoné los reproches y conduje los perros hasta ese lugar.

Aparentemente, se había alojado en los alrededores de una cuadra abandonada que hay en las “Albarazas” y efectivamente, allí estaba.

Darko, que es un experto en la rebusca, tan solo tuvo que invertir unos pocos minutos en dar con ella y volver a mostrarla.

Y enseguida se presentó Zar para acompañarle a patrón.

Por mi parte, conseguí llegar más o menos rápido, abriéndome paso entre los ganzos y buscando una postura en altura que me facilitase la resolución del lance.

Me coloqué bien y mientras replicaba el sonido de los beepers, trataba de respirar, de recuperar el aliento y de superar cierto nerviosismo que aún me acompañaba del error anterior.

La becada se arrancó de nuevo, la dejé volar guiándola con el cañón de la escopeta y cuando asomó entre dos ramas, solté el plomo…

Otro fallo. Otro fracaso. Y este aún más lamentable, pues tuve todo el tiempo del mundo para preparar y afianzar el disparo.

Pero la tiré muy mal, muy baja y se marchó a criar, como le decimos por aquí.

Creo que me quedé varios minutos quieto, como absorto, con la mirada perdida, intentando averiguar qué es lo que había ocurrido para no aprovechar esa segunda oportunidad que el pájaro nos había concedido.

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El tercero de los lances errados en la caza de becadas

Para ese momento ya estaba de mal humor.

Ni me acordaba de la becada que portaba en el morral.

Cualquier otro día hubiese sido más que suficiente premio, pero en aquella jornada dominical, ni siquiera llegaba a aliviar la sensación de frustración que me condenaba.

Sin pena ni gloria, recogí las vainas, anduve unos metros y salí al prado de las “Albarazas”.

En sus flancos, se abren dos cabeceras de encinas que son muy querenciosas y casi siempre alojan algún que otro pájaro.

Los perros rastrearon en primer lugar el encinar de la derecha, sin éxito.

Al poco tiempo, Darko se cambió al otro lado mientras yo esperaba cabizbajo nuevos acontecimientos.

Lo estaba siguiendo con la mirada cuando al entrar por uno de los estrechos senderos que dan paso a las encinas, se quedó parado mirando hacia arriba.

Rompió, guió unos metros y volvió a quedarse en muestra para romper nuevamente y agarrarse con su nariz al suelo buscando fijar la procedencia de la emanación.

En ese impasse llegó Zar, entrando por el mismo sendero, pero tirándose hacia abajo antes de quedar bloqueado.

Ahí estaba la sorda, sin duda.

Otra nueva oportunidad para resarcirme de los errores anteriores.

Esta vez estaba convencido, esta vez terminaríamos cobrando la pieza.

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Un instante de duda y un nuevo lance desperdiciado

Estaba justo al lado de los perros, en el borde del prado, con toda la ventaja a mi favor, pues presumiblemente, le becada debía salir por mi parte.

Y así fue, no tardó en botar, esta vez en vertical, a huevo, tratando de alcanzar la copa de las encinas para poner pies en polvorosa.

Esperé hasta que se liberase de las ramas que le rodeaban, pues salía bastante enzarzada además y no me parecía justo resolver el lance en esos términos.

Sin embargo, cuando asomó por encima de las últimas hojas, tuve un extraño momento de duda, solo unas décimas de segundo, las suficientes parar perder mi ventaja en favor suyo y obligarme a disparar más lejos de lo previsto.

Y nuevamente, tres cartuchos mal tirados la permitieron irse.

Ni me fijé, ni quería fijarme donde fue a parar.

Tal era mi desesperación que solo acerté a proferir un millar de palabras mal sonantes.

No quería ni mirar a los perros, pues me daba vergüenza malograr de esa forma su tremendo y espectacular trabajo.

Solo llevaba una hora y media en el monte, pero estaba tan absolutamente malhumorado, que me crucé y me fui para casa.

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El sabor agridulce de esos lances errados en la caza de becadas

Mientras descendía a buen paso por la pista que conducía al coche, tal era mi enfadado que iba poniendo en tela de juicio todo lo que me rodeaba.

Desde mi condición de cazador, hasta mi habilidad con la escopeta.

No daba crédito a tanto error y no entendía qué los había motivado.

Entre tanto, mucho más constantes que yo, los perros se afanaban en buscar una nueva presa e incluso llegué a escuchar sus beepers resonando una vez más, pero seguí caminando sin prestarles atención, tenía una desalentadora sensación de estar haciendo le ridículo y no quería pervertir aún más aquella fatídica jornada de caza dominical.

La sorda que portaba en el morral, esa que en cualquier otro momento hubiese merecido mi más sincera alegría y con la que me hubiese quedado totalmente conforme, ni siquiera merecía mi atención en contraprestación con la sucesión de errores, garrafales todos ellos, que dilapidaban mi estado de ánimo.

Llegué al coche, guardé apresuradamente los bártulos, llamé a mi tio, que estaba cazando en otra parte del coto, para decirle que se viniese a aprovechar lo que yo había desperdiciado y di por finalizado el día tomando rumbo hacia casa.

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Aprendiendo de los errores.

El paso de los días no consiguió separarme de los recuerdos de aquella lamentable jornada, pero si me permitió poner los errores en perspectiva y analizarlos con más criterio.

Al final, forman parte de la caza y ni son los primeros, ni serán los últimos.

Sencillamente, hay veces que tienes la cabeza en otra lugar, tus pensamientos discurren en una dirección distinta a lo que estás haciendo y esto influye muy negativamente en los resultados.

La parte positiva es que no tardé mucho en resarcirme de esos lances errados en la caza de becadas y disponer de una nueva oportunidad que, esta vez si, fui capaz de aprovechar.

Pero esto, ya te lo contaré en un nuevo post…

¡Buena caza y al monte!
 
 
 
Y como siempre, si te ha gustado el post, no dudes en compartirlo un poco más abajo
 
 
 

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